Seremos albóndigas hasta la muerte.
11:00. Estación de autobuses. Dos bellas damas acompañan a la comitiva hacia el punto de partida. Algo hacía presagiar que eso era lo más cerca que íbamos a estar de una mujer en una semana.
11:15. La aventura ha comenzado. ¿O no?. No se ve ningún autobús. Ni cerca ni lejos.
11:30. Tras media hora de angustiosa espera, impregnados por el sudor y abatidos por las lágrimas -¿o era al revés?- observamos, no sin cierta preocupación, como un extraño artefacto con ruedas avanzaba hacia nuestra posición. No, no era un pájaro ni un avión. Ni siquiera supercoco. Paco, desmenuzando una tensa pausa dramática como el que desgrana la miga para los pájaros, sentenció: “Yo quiero uno azul. Yo quiero uno azul”. De repente, como por ensalmo, apareció la cafetera de los pitufos, comandada por un delirante Gárgamel al volante. El llanto desabrido de las gentiles damas que osaron acompañarnos no se hizo esperar. La testosterona nublaba nuestro entendimiento. Nunca supimos qué interpretación debíamos hacer de los negros augurios que nos escoltaban. Ni del llanto de las féminas, por cierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario